“Había un hombre bueno y justo llamado José, miembro del Consejo, que no había estado de acuerdo con la decisión ni con la conducta de ellos. Era natural de un pueblo de Judea, llamado Arimatea, y esperaba el reino de Dios. Este se presentó ante Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo, lo envolvió en una sábana de tela de lino y lo puso en un sepulcro cavado en la roca, en el que todavía no se había sepultado a nadie. Era el día de preparación para el sábado, que estaba a punto de comenzar. Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Luego volvieron a casa y prepararon especias aromáticas y perfumes. Entonces descansaron el sábado, conforme al mandamiento”.
Aquí nos encontramos con José de Arimatea y las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea. Habían sido testigos de la muerte de Jesús. Podemos imaginárnoslos abrumados por la conmoción de su crucifixión: aparte de su crueldad, ¿qué va a pasar ahora? ¡Esto no era lo que se suponía que iba a pasar!
Como lectores que conocemos lo que sucedió después de la resurrección, sabemos cómo termina la historia. Pero sin duda, José y estas mujeres están desconcertados. Sabemos que José era un hombre recto, que él mismo esperaba el Reino de Dios. ¿Qué ha sido ahora de ese Reino? Y las mujeres habían seguido a Jesús desde Galilea, anticipando tal vez su victoria culminante sobre quienes se le oponían. Pero, parecía que ellos habían vencido a Jesús.
Nosotros podemos encontrarnos en situaciones similares. Esperamos que nuestra vida vaya en una determinada dirección, basándonos en la guía y las promesas de Dios. Pero entonces algo nos golpea inesperadamente, dejándonos desolados y confundidos. ¡Esto no era lo que se suponía que iba a pasar! ¿Qué podemos aprender aquí que nos pueda ayudar?
Prestemos atención a lo que José y las mujeres no hacen. No se marchan abatidos y desilusionados. Al contrario, siguen comportándose con rectitud, honrando a ese Jesús que ahora había muerto, que tanto había impactado en sus vidas y en quien habían depositado sus esperanzas, de la misma manera que ahora lo envuelven en telas de sepultura. Lo colocan con cuidado en un sepulcro y preparan especias y perfumes para rendirle aún más honor. Y luego dice: “Entonces descansaron el sábado, conforme al mandamiento.” (Lucas 23:56 NVI). A pesar de lo que debió de ser una decepción enorme, permanecen fieles al Señor y a Sus mandamientos. Y esta es su “preparación” para el milagro de la resurrección que está por venir.
De esta manera, con rectitud, honor y obediencia, nosotros también podemos prepararnos para lo próximo que Dios hará.
Preguntas de reflexión:
• ¿En qué áreas de mi vida necesito resurrección?
• ¿Qué puedo hacer para prepararme para lo próximo que Dios hará?
• ¿De qué maneras puedo seguir avanzando con rectitud, obediencia y esperanza?
Idea para poner en práctica:
1. Escribe una oración de esperanza, que honre a Dios y Sus planes para tu vida, y que anticipe Su fiel intervención.
Escritura:
Lucas 23:50-56 (NVI)
“Había un hombre bueno y justo llamado José, miembro del Consejo, que no había estado de acuerdo con la decisión ni con la conducta de ellos. Era natural de un pueblo de Judea, llamado Arimatea, y esperaba el reino de Dios. Este se presentó ante Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo, lo envolvió en una sábana de tela de lino y lo puso en un sepulcro cavado en la roca, en el que todavía no se había sepultado a nadie. Era el día de preparación para el sábado, que estaba a punto de comenzar. Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Luego volvieron a casa y prepararon especias aromáticas y perfumes. Entonces descansaron el sábado, conforme al mandamiento”.