La imagen de la iglesia

1 Jul 2019

Hoy quiero que nos detengamos a pensar en la imagen de la iglesia. No de una en particular, sino de la iglesia en general. Cómo es conocida en estos días, qué se dice de ella en los tiempos que estamos viviendo, en nuestro país y en nuestro continente. Quiero hacernos algunas preguntas importantes, y para eso hay una historia en la Biblia que me inspira:

 Cuando la reina de Saba se dio cuenta de lo sabio que era Salomón y vio el palacio que él había construido, quedó atónita. También estaba asombrada por la comida que se servía en las mesas del rey, por la forma en que estaban organizados sus funcionarios y la ropa espléndida que usaban, por los coperos y sus mantos, y por las ofrendas quemadas que ofrecía Salomón en el templo del Señor.

Entonces la reina exclamó: «¡Todo lo que oí en mi país acerca de tus logros y de tu sabiduría es cierto!  Yo no creía lo que se dijo hasta que llegué aquí y lo vi con mis propios ojos. De hecho, ¡lo que había oído no refleja ni la mitad de tu sabiduría! Supera ampliamente lo que me habían dicho.

2 Crónicas 9: 3- 6 (NTV)

El contexto de este pasaje es que la reina de Saba había escuchado de la sabiduría y de la riqueza de Salomón, pero ella no creía que eso fuera cierto, entonces decidió verlo con sus propios ojos. Como era una persona que tenía recursos, preparó una gran ofrenda y fue a visitarlo; luego habló con él y le hizo muchas preguntas que Salomón respondió con sabiduría divina. En este punto ella se sorprende y le dice que lo que ve supera aun todo lo bueno que había escuchado acerca de su sabiduría y su persona.

¿Por qué características somos conocidos?

La reina conocía a Salomón por las riquezas, su fama era muy positiva por como Dios lo había bendecido. Pero trayendo esto a nuestros días, en este momento en que se están escuchando muchas cosas acerca de la iglesia, creo que nuestra fama tal vez no sea del todo positiva, sino negativa. Si yo llevara un micrófono a la calle y preguntara algo acerca de la iglesia, si utilizara la palabra “cristiano”, ¿qué sería lo primero que saldría de la boca de las personas? No creo que palabras amorosas, alegres o de aceptación; no creo que palabras que nos definan como personas contemporáneas, sino como retrógrados, anticuados, fanáticos, fundamentalistas.

Esto es algo que creo que podemos y debemos cambiar. Es nuestra responsabilidad que cuando la gente venga a la iglesia quede asombrada, totalmente abrumada por el amor de Dios que brindamos sin prejuicio, sin acusación, sin tener que recordarles sus errores, porque ellos ya los conocen.

Mi pasión, mi corazón y mi deseo es que cuando vengan los que han escuchado barbaridades de la iglesia, cuando lleguen a nuestra casa y vean nuestros brazos abiertos para recibirlos, digan: “Esto no es nada de lo que yo esperaba, el mundo tiene pensamientos incorrectos, porque lo que yo estoy experimentando es totalmente opuesto a lo que se dice por ahí”.

¿Cómo debemos ser conocidos?

Jesús nos da la respuesta:

Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos.

Juan 13: 34,35 (NTV)

Es bien sencillo: debemos ser conocidos por amor. No solamente por cómo amamos a nuestros amigos cristianos, sino a los que no lo son. “Porque de tal manera amó Dios al mundo”. Creo que dentro de la iglesia hacemos muy bien lo de amarnos los unos a los otros, pero no lo hacemos tan bien con la otra parte del mundo.

Jesús nos da, dentro de la respuesta, la clave y la forma de amar: “Deben amarse como yo los he amado”.

Entonces no es con nuestro amor que amamos, es con su amor. ¿Y cómo él nos amó? Lo entregó todo, sin condiciones, con un amor genuino que estuvo dispuesto a pagar el precio; amó aceptándonos a todos, con amor eterno. Ese mismo amor debe ser la imagen de la iglesia.

Pero creo que si hoy hiciéramos esa encuesta, la palabra amor no estaría ni dentro de las primeras veinte que muchos usarían para definirnos. Eso tiene que cambiar, y somos nosotros los que podemos generar ese cambio.

¿Podemos amar a una persona que no está de acuerdo con nosotros? Porque nosotros no estábamos de acuerdo con Dios, pero de igual manera él nos amó.

No se trata de ser hinchas del mismo equipo ni de pensar igual, se trata de ser parte de la misma familia, la misma humanidad por la que Dios decidió enviar a su hijo.

¿Estamos amando como Jesús nos ama?

Si no es así, creo que estamos fallando. Creo que en esta época es sumamente importante volver a nuestros fundamentos, recordar de qué se trata nuestro liderazgo, sea cual sea nuestra casa y lugar. No tenemos que estar de acuerdo con la filosofía y la mentalidad de los demás, así no se cambia el mundo, amando se cambia el mundo. Aún en nuestras diferencias hay un punto de amor.

Es el amor por nuestro prójimo lo que nos identifica como seguidores de Jesús.

Yo soy un apasionado por la excelencia, porque creo que es parte de nuestra responsabilidad hacer las cosas bien. Pero no quiero que seamos conocidos por nuestras reuniones. Que nuestra iglesia no sea conocida porque Dios hace milagros entre nosotros. Que no seamos conocidos por buena música, ni por buenos predicadores. Que sea el amor que tenemos para con los demás lo que nos haga conocidos.

Porque sin amor no somos nada más que una olla que resuena. Si no somos una iglesia de amor vamos a ser una iglesia de redes sociales. Haremos mucho ruido que no captará la atención de nadie, mucho ruido sin influencia, sin vidas transformadas, sin un mundo que se alcanza con amor. No estamos llamados a hacer ruido, estamos llamados a transformar naciones, y para eso es esencial que seamos conocidos en primer lugar por nuestro amor.

Yo creo apasionadamente que somos una generación que Dios está usando y quiere llevar a otro nivel para ganar almas, brindar amor, extender el Reino, tener influencia de la forma correcta. ¿Por qué? porque nos tomamos el tiempo de tener conversaciones, de edificar puentes de conexión entre las personas, de estudiar y prepararnos, y creer que Dios nos va a sentar en lugares de influencia, que verdaderamente tendremos una voz en nuestra nación y en lugares que importan; porque conectamos, porque amamos, porque abrazamos, porque no juzgamos. Dios nos ha dado la responsabilidad de cuidar la imagen de la iglesia, la imagen del Reino. Representamos el amor eterno de Dios.

Que nuestra nación nos reconozca por nuestro amor. El mismo amor que Jesús nos demuestra a nosotros. Porque todo lo demás no cambia vidas, pero el amor sí.